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Imagen ilustrativa tomada de pexels.com

La noche del 25 de abril de 1986 técnicos de la central nuclear Vladimir Lenin, ubicada en el territorio de lo que hoy es Ucrania (antigua Unión Socialista de Repúblicas Soviéticas, URSS), comenzaron una serie de pruebas de seguridad.

A la 1:23 a.m. del 26 de abril ocurrió lo impensado: una súbita explosión del reactor 4 desató una alarma cuyas consecuencias se palpan al día de hoy, 40 años después del suceso, con la tragedia nuclear más grande en la historia de la humanidad.

Chernóbil es motivo aun de debate global y se ha retratado tanto a nivel de documentales como de series de televisión. En el podcast Cuentas y cuentos, de la Oficina de Comunicación de la Universidad Nacional (UNA), se invitó al académico Carlos Murillo, de la Escuela de Relaciones Internacionales, para recordar los acontecimientos que derivaron en esta catástrofe y sus secuelas políticas, sociales, y sobre todo, humanitarias.

“Uno de los mecanismos en una planta nuclear es el enfriamiento del núcleo, o sea del rector en sí, para que pudiera operar y generarse todo el proceso químico del uranio que diera paso a la energía nuclear. Entonces, se termina atribuyendo a una secuencia de errores humanos lo que provoca este desastre, y aunque acababa de pasar una prueba de seguridad, no se previó cómo reaccionar ante un evento de esta naturaleza”, relató Murillo.

Las explosiones volaron la tapa del reactor 4 liberando grandes cantidades de material radiactivo. Una primera ola acabó con la vida del personal que trabajaba en la planta y en zonas aledañas. Pero su efecto comenzó a propagarse. La pesadilla apenas estaba iniciando.

La segunda ola expandió los efectos del hongo nuclear en toda la región. ¿Cómo podía un país asegurar la evacuación inmediata de hasta 300 mil habitantes en el radio inmediato? Imposible para una época donde las telecomunicaciones no eran un servicio usual como ahora y donde el desconcierto ante lo que ocurría, era total.

A la fecha no hay un conteo oficial de las personas fallecidas por causa directa de la explosión. Pero se habla de miles de víctimas. Lo que siguió años después fue un cambio abrupto del entorno natural hacia un espacio “muerto” y que se ha encerrado en un domo de hormigón por el riesgo perdurable de la presencia radiactiva.

Aun así, la ciencia ha documento casos de personas que han desarrollado cáncer de tiroides, coincidiendo con la ubicación donde se encontraban al momento del estallido, así como de situaciones de mujeres que estaban en estado de embarazo y cuyos hijos mostraron desde malformaciones congénitas hasta derivaciones tumorales.

Secuelas políticas

El caso Chernóbil puso de frente el hermetismo de un régimen soviético que daba sus primeros asomos hacia una apertura, de la mano de su presidente Mijaíl Gorbachov.

Carlos Murillo asegura que no necesariamente hay una causalidad directa entre el accidente nuclear y la glasnost, como eje fundamental de la transparencia que promovió Gorbachov. Pero dice que sí contribuyó a acelerar ese cambio.

Como piezas de dominó, el caso Chernóbil fue derribando el interés primario por parte de los soviéticos de tratar de ocultar lo que estaba ocurriendo.

“¿Dónde estaban las medidas políticas, militares y sociales para la población civil en ese momento, ante este tipo de desastres? Si las habían, nunca fueron comunicadas por una cuestión de secretismo del régimen soviético. Este fue un elemento que aceleró la transición que aceleró la caída de la URSS años después”, indicó Murillo.

A partir de aquel momento y con un efecto relevante ante la opinión pública, comenzaron a aplicarse cambios a nivel de seguridad en el manejo de reactores nucleares. Por ejemplo, se rediseñaron las estructuras de contención, y se fortaleció el papel del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), por medio de inspecciones y auditorías rigurosas.

Después de Chernóbil, el otro accidente nuclear de relevancia fue el de Fukushima, en Japón, el 11 de marzo de 2011. Sin embargo, sus causas fueron muy diferentes, en vista de que un terremoto de nueve grados provocó un tsunami que rebalsó las capacidades de contención, lo que ocasionó tres explosiones de hidrógeno.

Riesgos y beneficios

Aunque se habla de Chernóbil (incluso con estigmas sociales para las personas sobrevivientes a quienes suelen llamar ‘los hijos de Chernóbil’), la tecnología nuclear no ha cesado en su uso y aprovechamiento.

Carlos Murillo consideró que alrededor de esta energía hay algún grado de desconocimiento y mitos. “El problema de la energía nuclear no es en sí el proceso para producirla. Está en el manejo de los desechos que deben almacenarse en alguna parte, porque no se va a desintegrar al menos en los próximos 500 años”.

Por ello, mantener instalaciones de este tipo eleva al máximo los niveles de seguridad y también los costos operativos, al requerir vigilancia las 24 horas del día y durante todo el año. Pero más allá de eso, desde el ámbito de las ciencias sociales, es fundamental profundizar en las investigaciones acerca de esta tecnología para beneficio de la ciencia y la humanidad.

Otra gran inquietud que surge es en cuanto a los riesgos del uso de la energía nuclear para fines bélicos, en vista de los crecientes conflictos como el de Rusia y Ucrania y el más reciente que  ha involucrado a Estados Unidos e Israel contra Irán.

A pesar de que el propio Estados Unidos, así como Rusia, China y la mayoría de países europeos tiene desarrollos nucleares, Murillo ve pocas posibilidades de un uso militar y más bien, apunta hacia un riesgo de accidentabilidad producto de un eventual bombardeo. Por ejemplo, la central nuclear de Bushehr, en Irán, podría liberar una radiactividad comparable a Chernóbil.

Estas son cartas pesadas que las grandes potencias deben barajar con prudencia y responsabilidad. Lo cierto es que hoy, 40 años después, Chernóbil sigue siendo tema de debate público. Sus causas y consecuencias denotan la necesidad de los países de blindar con seguridad sus propios desarrollos pensando en el bien común.  

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