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Imagen con fines ilustrativos tomada de la web

La fuerte caída de Wall Street este 5 de noviembre, encabezada por las grandes empresas tecnológicas, podría tener consecuencias que van mucho más allá de las pérdidas bursátiles.

Durante los últimos años, gigantes como Microsoft, Amazon, Google y Meta han comprometido inversiones multimillonarias en inteligencia artificial, centros de datos, semiconductores e infraestructura energética.

Para comprender la magnitud, basta una cifra: según la OCDE, nueve grandes compañías tecnológicas proyectan inversiones cercanas a US$4,1 billones entre 2026 y 2030.

¿Y qué tiene que ver esto con Costa Rica?

Mucho más de lo que parece.

Estas empresas necesitan enormes cantidades de dinero para financiar sus proyectos. Para conseguirlo, recurren cada vez más a los mercados de capitales, donde también buscan financiamiento los gobiernos y las empresas de países emergentes.

Esa extraordinaria demanda de recursos puede contribuir a mantener elevadas las tasas de interés internacionales, encareciendo el crédito para economías pequeñas como la nuestra.

Sin embargo, el desplome de Wall Street podría comenzar a cambiar las condiciones.

Si las pérdidas bursátiles obligan a las tecnológicas a revisar sus expectativas, moderar inversiones y reducir sus necesidades de financiamiento, parte de esa presión sobre el capital podría disminuir.

Al mismo tiempo, cuando los inversionistas venden acciones y buscan refugio en bonos, aumenta la demanda de estos instrumentos y sus rendimientos pueden bajar.

Aquí aparece una posibilidad interesante para Costa Rica.

Si disminuyen las tasas internacionales y nuestro país mantiene la confianza de los inversionistas, Hacienda podría encontrar condiciones más favorables para refinanciar deuda, sustituir obligaciones costosas y reducir el pago de intereses.

Pero hay una condición importante: si el desplome genera una fuga generalizada de capitales de los mercados emergentes, el crédito podría encarecerse en lugar de abaratarse.

Por eso, todavía no podemos hablar de una oportunidad asegurada, sino de una ventana financiera que merece especial atención.

Y aquí surge la gran paradoja: las mismas inversiones tecnológicas multimillonarias que contribuyeron a presionar el costo mundial del capital podrían, al desacelerarse, facilitar el financiamiento de países como Costa Rica.

La cuestión no es aprovechar una crisis para endeudarnos más, sino utilizar una eventual reducción de las tasas para aliviar las finanzas públicas.

Porque la verdadera oportunidad no estaría en conseguir más dinero prestado, sino en lograr que la deuda que ya tenemos nos cueste menos.

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